"Cortocircuito en la Tienda de Regalos"
El letrero de neón de la tienda de regalos parpadeaba con un zumbido irritante, marcando las 10:00 PM. Para la mayoría, era hora de cerrar; para Edgar, era simplemente otro día desperdiciado entre peluches baratos y turistas ruidosos.
Se acercó al maniquí central, el lugar donde debería estar su orgullo y alegría: el traje Meca. Pero no estaba ahí. En su lugar, solo quedaba un brazo metálico cercenado y un rastro de chispas azules que se desvanecían en el suelo de linóleo.
—Genial —masculló Edgar, con los ojos entrecerrados tras su flequillo—. Ni siquiera puedo tener un turno de ocho horas en paz.
Su bufanda, generalmente perezosa, se tensó alrededor de su cuello, erizando sus fibras como un animal que percibe un depredador. No era un simple robo; habían cortado el sistema de seguridad con precisión quirúrgica. Edgar suspiró, sintiendo cómo el cansancio se transformaba en esa adrenalina fría que tanto odiaba. Si alguien creía que podía robarle su tecnología sin consecuencias, estaba a punto de descubrir que Edgar no es solo un adolescente malhumorado.
La bufanda se deslizó por su brazo, siseando como una serpiente eléctrica. La cacería había comenzado.
Edgar se quedó inmóvil, observando el rastro de chispas. Sabía que nadie en Starr Park sería lo suficientemente estúpido como para entrar sin dejar rastro, a menos que conociera los puntos ciegos de las cámaras de seguridad.
La bufanda, inquieta, se estiró hacia el suelo, explorando una pequeña placa metálica que el ladrón había arrancado accidentalmente al forzar el soporte del traje. Edgar la recogió con dos dedos. No era una simple pieza de chatarra; estaba grabada con un símbolo que le resultaba familiar y una serie de números: "4-40-20".
—Muy astuto —murmuró Edgar, con una media sonrisa desganada—. Creyeron que esto sería un simple hurto de metal.
Esos números no eran aleatorios. En el argot de los empleados de Starr Park, el 4 correspondía al sector de mantenimiento, el 40 al número de la zona de carga restringida y el 20 era la clave del turno nocturno.
De repente, un ruido sordo resonó desde el conducto de ventilación situado justo encima de la caja registradora. Edgar levantó la vista, pero solo vio la oscuridad del túnel. Sin embargo, algo cayó al suelo justo a sus pies: una pequeña tarjeta de acceso, chamuscada en los bordes, que emitía una luz tenue de color púrpura.
Era la tarjeta de acceso a la Zona de Producción Mecánica, un área que supuestamente llevaba clausurada desde hace años debido a una "anomalía" en los sistemas de refrigeración. Si el ladrón quería desmontar su traje Meca para venderlo por piezas, ese era el único lugar en todo el parque con la maquinaria necesaria para hacerlo sin activar las alarmas del sistema central.
Edgar se ajustó la bufanda, sintiendo cómo esta empezaba a vibrar con impaciencia. Ya no se trataba solo de recuperar el traje; alguien estaba usando tecnología prohibida dentro de su sector.
Edgar no era precisamente un experto en sigilo ni en diplomacia; su estilo siempre había sido "entrar, romper y reclamar lo que es suyo".
Se ajustó la bufanda, que ahora parecía una extensión tensa de su propia musculatura, y se dirigió hacia la entrada de la Zona de Producción Mecánica. El área estaba sumida en una penumbra pesada, cargada con el olor a ozono y aceite quemado. Un enorme portón de acero oxidado bloqueaba el paso, con un escáner electrónico que parpadeaba intermitentemente en rojo.
Edgar no se molestó en usar la tarjeta que había encontrado. Le parecía demasiado lento.
Retrocedió unos pasos, fijando su mirada en la parte superior del portón, donde una rejilla de ventilación apenas dejaba ver el interior del complejo. Sus rodillas se doblaron ligeramente y sus ojos se entrecerraron. La bufanda, comprendiendo sus intenciones, se infló y se endureció, preparándose para el impacto.
—No tengo tiempo para esperas —susurró, con un tono lleno de fastidio.
Con un impulso explosivo, sus pies despegaron del suelo. El salto fue, como siempre, una exhibición de poder poco elegante pero increíblemente efectiva. El mundo a su alrededor se volvió un borrón mientras surcaba el aire, dejando una estela oscura. Impactó contra la parte superior del portón con un golpe metálico que resonó en todo el pasillo, se agarró al borde con la bufanda y, con un movimiento fluido de sus brazos, se impulsó hacia el otro lado, aterrizando con un estruendo en el suelo metálico de la zona restringida.
Al ponerse en pie, el silencio de la sala fue interrumpido por un siseo hidráulico. Las luces de emergencia se encendieron, bañando el lugar en un rojo intermitente. En el centro de la sala, sobre una mesa de trabajo masiva, su traje Meca estaba desmantelado. Las piezas brillantes estaban esparcidas como los restos de un puzle gigante, y al lado, una sombra alta y mecánica terminaba de soldar un componente.
La figura se giró lentamente. No era un Brawler cualquiera; era un modelo antiguo de seguridad, uno que se creía destruido años atrás.
—Vaya, vaya —dijo Edgar, mientras su bufanda se desenrollaba amenazante como un látigo oscuro—. Creo que te has equivocado de desguace.
El robot, un modelo de la serie "Centinela 0", no emitió ninguna alarma sonora. En su lugar, sus ojos ópticos pasaron de un rojo estático a un violeta pulsante. Antes de que Edgar pudiera siquiera cerrar el puño, la máquina desplegó un escudo de iones de corto alcance, un campo electromagnético que no solo bloqueaba los golpes, sino que devolvía la energía cinética.
Edgar lanzó un puñetazo directo, impulsado por su bufanda, pero en el momento del impacto, el campo de fuerza resonó con un pitido agudo. Edgar sintió una descarga eléctrica que le recorrió el brazo hasta el hombro, obligándolo a retroceder de golpe.
—¿En serio? ¿Un campo de repulsión? —masculló Edgar, sacudiendo la mano entumecida.
El robot no esperó. Sus brazos se transformaron en un abrir y cerrar de ojos: uno de ellos se convirtió en un cañón de aire comprimido. Antes de que Edgar pudiera reaccionar, el robot disparó una ráfaga de presión que lo lanzó contra una estantería llena de repuestos metálicos.
La batalla se volvió caótica. Cada vez que Edgar intentaba acercarse para un ataque cuerpo a cuerpo, el escudo del robot lo expulsaba hacia atrás con un efecto de "retroceso" que lo dejaba vulnerable. El robot era lento, pero su defensa era impenetrable para alguien que dependía puramente de la fuerza física.
Edgar se agachó detrás de una pila de chatarra, su bufanda golpeando el suelo con frustración. Tenía que encontrar un punto débil, una frecuencia donde ese escudo no fuera estable. Recordó la tarjeta de acceso que había encontrado; quizás el panel de control del robot no estaba en él, sino integrado en la misma mesa donde estaban las piezas de su traje.
—Bufanda, necesito un señuelo —susurró Edgar.
La bufanda se dividió en dos, convirtiéndose en sombras que se deslizaron por el suelo hacia los flancos del robot, mientras Edgar se preparaba para su movimiento más arriesgado: un salto directo, pero esta vez, con la intención de quedar justo encima del robot para intentar desactivar su núcleo desde el punto ciego de su sensor principal.
Edgar no era de los que se quedaban a hacer preguntas existenciales en medio de una escena del crimen. Con un gesto rápido, su bufanda tomó la forma de múltiples apéndices, envolviendo con precisión quirúrgica tanto las piezas del traje Meca como la pequeña caja marcada con el número 11.
El metal del traje se sentía extrañamente pesado, pero al estar en contacto con la bufanda, el peso pareció distribuirse mejor, permitiéndole cargar con todo sin perder su agilidad característica.
—Vámonos antes de que el "departamento de mantenimiento" decida aparecer para cobrar horas extras —gruñó Edgar en voz baja.
Se movió hacia las sombras de las vigas superiores del complejo. Sabía que las cámaras de seguridad, aunque desactivadas temporalmente por el cortocircuito que él mismo había provocado, reiniciarían su ciclo en cuestión de segundos. Utilizó la misma ruta por la que entró: un salto preciso hacia los conductos de ventilación, esta vez cargando con el botín.
Se deslizó a través de los túneles oscuros del Starr Park, moviéndose como un fantasma entre los engranajes gigantes y los cables que recorrían las entrañas del parque. Mientras avanzaba, sintió que la caja número 11 emitía una vibración rítmica, casi como un latido cardíaco, que resonaba con la energía de su propia bufanda.
Salió por una escotilla de mantenimiento en la parte trasera de la tienda de regalos, justo cuando las luces de la zona principal del parque comenzaban a parpadear, indicando el cambio de turno de los guardias robóticos. Edgar se dejó caer tras el mostrador de su tienda, ocultando el traje y la caja bajo el mostrador, justo un segundo antes de que un guardia de seguridad pasara caminando cerca con su linterna, sin notar nada fuera de lo común.
Edgar se sentó en su silla, fingiendo estar absorto en su teléfono, con su bufanda actuando como una cortina protectora sobre los objetos robados. Su corazón latía rápido, no por miedo, sino por la adrenalina de saber que, por primera vez en mucho tiempo, tenía algo en sus manos que el parque no quería que nadie descubriera.
El silencio volvió a la tienda, pero ahora, Edgar tenía un misterio real entre manos, uno marcado por el número 11, un número maestro que en numerología a menudo simboliza la intuición y el despertar espiritual.

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