Se presentó al mundo como un salvador, con palabras que evocaban tiempos antiguos, cuando los líderes blandían sus espadas al frente de sus ejércitos. Y el pueblo le creyó.

Nadie supo ver que lo que aquel hombre decía —o parecía decir— no era lo que su pueblo esperaba ni necesitaba. ¿Fue una mala interpretación por parte del pueblo? Quizás. ¿O una astuta estrategia de engaño por parte de aquel hombre? También quizás.

De un modo u otro, llegó al poder. Y con él, la oscuridad cubrió las calles de un pueblo que se creía elegido. El engaño alcanzó tal nivel de inmundicia que incluso llegó a compararse con el mesías. El elegido se autoproclamó.

Su ignorancia, su ego y su maldad parecen no tener límites.

Un gobierno de bombas, de niñas muertas, de familias destrozadas, de pobreza y dolor: ese es su legado. Y la oscuridad sigue creciendo, porque parece que nadie quiere detenerla.

¿Es este el principio del fin? ¿Estamos a las puertas del apocalipsis y aún no nos hemos dado cuenta?